Tumulto

Si hubiera un modo de nombrar semejante escena quizás sería como una bola de nieve, o un grupo de hormigas, terrible apagón de luces también, serpenteante bola de nieve también, quizás de ninguna manera. Hacía mucho calor, el piso de la peatonal con sus zócalos azulados y grises reflejaba la luz del sol y las vidrieras estaban cerrando, por la hora. De repente ve a un grupo de gente agolpada en la intersección de las calles principales, todas atascadas. Lo que ve de particular es que, bajo el árbol del gran follaje que cubre esta intersección todos están con sus cabezas mirando directamente al suelo, caminando muy lento. Se acerca entonces, enrarecido, y pregunta que pasa y le contestan, desde abajo, que no saben porque nadie se mueve. Pregunta entonces que los detiene a lo que obtiene como respuesta que la persona que tienen al lado. Extrañado se sienta en un cantero que contiene otro árbol de la intersección cuyo follaje es muy pequeño como para cubrirle más que los zapatos y no sabe que contestar. Este grupo de gente, formando una masa deforme toda pegada y con las cabezas mirando al suelo, se empujan entre si porque no ven más que sus propias zapatillas. Mira por las dos calles para ambos lados y no ve a ningún policía, ninguna autoridad pública, solo el cielo que alumbra, algún que otro perro y la gran masa. Se vuelve a acercar y les pregunta a los que están en los límites porque no salen y dicen que porque no saben para donde ir entonces se han quedado quietos, otros afirman que porque no quieren darse vuelta y adelante tienen un montón de gente, y otros porque la dirección que tienen en frente no es hacia donde se dirigen. “Igual hijo, no se que tanto preguntas si el problema es de este señor que tengo aquí, ni que hubiera tanta gente, solo tiene que moverse hombre”. Atontado queda en silencio ¿Escuchó bien? Si, escuchó perfecto, no se han dado cuenta que son una masa. Se acerca entonces y hace la pregunta, la pregunta. La pregunta es: “¿Qué ven?” y la respuesta es “Los zapatos”, “Las zapatillas”, “Los cordones”, “Lo de siempre”, “los zócalos”. Se da entonces, automáticamente de la mejor forma de salir de semejante embrollo que, piensa, al fin y al cabo no es ni más ni menos que un problema creado, como discutir el precio de algo que no se vende sino que, peor aún, se regala; como querer resolver una ecuación mal copiada; como buscar la cura de una enfermedad que no existe: en todos los casos el problema es, realmente, plantearlo como un problema, es eso lo que interfiere el flujo de acción.
Se acerca entonces a la masa y les dice, firmemente: “Levanten la cabeza”. El silencio reina. Piensa que quizás no lo escucharon así que habla de nuevo, repite la frase. Silencio de nuevo. Cuando está, ya agarrándose la remera, por gritar por tercera vez una mujer anciana dice: “eso no se hace”. Le explica entonces a la señora que nadie se lo prohíbe, que es una manera natural, que todos lo podemos hacer, que él lo está haciendo y que de esa manera van a poder resolver su problema. Luego de esto silencio de nuevo y comienza de nuevo un tumulto en el que se empiezan a agredir, algunas cabezas caen, se echan la culpa mutuamente de tal situación y algunos niños lloran. Ya el sol en el punto cúspide, quemando las cabezas (las nucas en este caso) y la transpiración bañando el suelo, comienza a encender los ánimos. La discusión está acalorada y se acerca a la gente y les comienza a decir, insinuar y hasta señalar que levanten las cabezas, que la solución es muy simple, intentando no enojarse pero nadie hace caso, de hecho recibe insultos, lo tratan de loco, de insensato, alguna que otra voz preguntó que era eso de levantar la cabeza. Cansado y un poco enojado por haber sido así de maltratado miró al tumulto, miró las calles y reconoció que su problema era pensar en esa masa como un problema que tenía que resolver, que podía resolver en ese momento, como su problema, como parte del problema, en fin, su problema fue pensar en ello como un problema, de alguna manera él también se estaba mirando los cordones. Levantó la cabeza, miró al sol que ya estaba comenzando a bajar, sonrió relajado, sintiendo una liberación que le corría por la espalda y siguió caminando hacia su destino.

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