Caminos (relato de un periodista)

Hay un héroe que no tiene ni capa ni armadura, ni caballo. Solo una sonrisa, un bastón, una mochila, se viste de blanco con telas fuertes, apegadas al cuerpo; con cinturones por todo el cuerpo, partes rotas, amarillentas otras, casi como emparchado pero bien apretado, seguro. Lo que tiene de extraño este personaje es que va cambiando, sin dejar de ser quien es, todos lo reconocen. A veces esas ropas se tornan holgadas y cuelgan, como de lino. Otras, se transforman en ropajes negros, ya sean holgadas o apretadas al cuerpo; su bastón se convierte en espada, en lanza, en guantes de hierro negro, en escudo pero generalmente es solo un bastón más alto que el. Su cabello también varía, a veces largo, otras muy corto, otras cubriendo su rostro. Uno de sus rasgos característicos son sus alas. Quienes lo conocen dicen que no siempre se ven, pero que cuando está sentado observando y riéndose de la vida, disfrutándola se pueden ver sus 6 alas blancas detrás de él, moviéndose con el viento que tanto adora, mientras cierra los ojos y lo siente. Otros dicen haber visto sus alas cuando se ha enfrentado a obstáculos o caminos que le han impedido el paso: pensativo frente a la piedra gigante en el río, probando formas se ven solo dos de ellas, grandes, ayudándolo a hacer equilibrio. Algunos, más pesimistas, dicen haber visto sus alas cuando se ha enfrentado a enemigos, gigantes, y curiosamente se ven solo dos alas, pero negras, como su hubieran sido quemadas y su vestimenta también negra, claman haber corrido y más tarde haberlo visto tirado en el suelo, muy cansado, llorando a veces y ahí, las alas cubriéndolo, esta vez 6 de ellas, negras como con ceniza. Camina por diversos caminos, de tierra, pueblos, ciudades, mares, barcos, tocando cosas con su bastón cuando se divierte, escuchándolas sonar, dando charlas a niños y curiosos, escuchando atentamente detrás de una columna para no llamar la atención y algunas veces, parado frente a todos, hablando con una voz que nadie nunca ha olvidado. En un pueblo muy lluvioso dicen que lo han visto pasar bajo la lluvia, sin mojarse, y han visto sus alas moviéndose con alegría. Una vez pude charlar con una chica que lo conoció y comenzó hablando de él muy despectivamente, enojada, diciendo que no sabía nada de alas, ni de ropas que cambiaban, que solo recordaba un muchacho que la usó, que la destruyó. En ese mismo pueblo, que tenía pocos negocios, muy pequeño y lleno de habitantes callados un hombre grande, sentado en una silla fuera de la casa me llamó y me dijo que él lo había conocido y el día que se fue vio sus alas, que lo cubrían, no quería que se le viera el rostro: ese día si se mojó. Tuve la suerte de, en otro pueblo, mas rico en plantas y animales, de mucho calor, conocer otra muchacha que habló muy bien de él y dijo que él no veía sus propias alas, ni sus cambios de ropa pero que ella sí, y que se entristeció mucho de verlo marchar pero que siempre recordará de él lo mejor. Un pueblo con muchas marcas en las puertas, con muchos templos y niños jugando con pequeños botes hechos por ellos dijeron haberlo visto dando un discurso y que lo tuvieron que esconder cuando la gente del pueblo vecino, lleno de ladrones y comerciantes, vino a buscarlo por haber burlado sus leyes. Este pueblo también sostuvo, sobre todo la enfermera, que él no podía ver sus alas, ni sus cambios de ropa, a veces solo su bastón. Todos coincidían en su humor inquebrantable, a menos que alguien estuviera en un apuro o fuera tratada una injusticia, además de su sentido del humor a veces un poco particular pero en general sostenían que, cuando estaba sobre sus pies, podían confiar en sostenerse en él pero que era un alma libre: en cualquier momento podía irse. Algunos supieron decir que él les había confesado que le encantaría tener con quien viajar para, algún día, quedarse en pueblo que amase. Tuve la oportunidad de conocer también un grupo muy particular de personas, en cada pueblo, que decían haber compartido experiencias de noche con él, en cementerios, en bosques, etc. en donde él les hablaba de secretos que nunca habían conocido, y sus alas eran como las de un reina mora, negras pero a veces, cuando les daba la luz, con un toque azulado o púrpura. Llegué a varios centros de ciudades y ahí perdí su rastro. He recopilado más información de que podría haber deseado y he reconocido su cara en varias historias populares. Escribo esto para no olvidar los puntos fundamentales y luego poder concentrarme en la gran obra que estoy recopilando pero, sobre todo, para hacer una confesión. Estoy alojado en el hotel Vanguard, de la avenida más grande de la ciudad. No puedo dar más datos para no revelar mi identidad lo que si puedo decir es que, en este pueblo de grandes plantas y símbolos en las paredes un anciano se me acercó y me llevó con un niño y le dijo “este señor está preguntando por… por ya sabés quien”  a lo que el niño movió apenas su cabeza y dos personas cerraron las cortinas de su carpa. En esta carpa el niño estaba sentado en el medio, serio, en posición de meditación y parecía ciego. Estaba rodeado de cuencos y velas y los guardias que habían cerrado las cortinas salieron afuera. El niño me tomó la mano y me dio una carta. Me dijo que él había encontrado esa carta subiendo una escalera gigante y que nunca había podido abrirla. Clamaba haberla perdido pero el niño decía que él la había encontrado y que me habían esperado, era su deseo que yo se la entregara y no la leyera. Salí yo, muy desconcertado y sobre todo, muy escéptico. No fue sino muchos pueblos más donde comencé en una crisis que me llevaría a una fiebre. Gran fiebre en donde me fue revelado en un sueño a este muchacho que yo nunca vi caminando una escalera gigante que tenía al lado un bar de gente dibujada en lápiz, en blanco y negro y el muchacho, mientras subía, del calor quedaba desnudo y veía una carta. Al despertarme entendí que esa era la carta y haciendo caso omiso a las advertencias del niño abrí el sobre. En el sobre había una historia, en esta historia citaba muchos libros y cuentos que tuve que leer. Leí sobre este muchacho luchando contra una sombra en una época similar a la edad media, luego la historia que relataba su subida a la escalera, otra larga en el encuentro con una muchacha y muchas historias más que parecían no tener un nexo pero que, al final, resultaban todas explicaciones sobre el mismo muchacho, lo describían igual a como la gente de los pueblos lo había hecho. Si hubo algo que me asustó en la biblioteca mayor de la ciudad, en donde casi pego un grito, es que uno de los cuentos, que databa del 1600, estaba mi nombre completo en un personaje de mensajero y trataba, metafóricamente, el camino de este mensajero buscando al muchacho. Lo temible llegó al final de la carta, en donde había una cita, un libro, una hora, un autor, una página y una cita: “Es en el mundo de los infiernos donde las alas se tornan de fuego, bajo la lluvia. La luz sale al mediodía luego de que la tierra vibró y solo, revive de blanco”. Cuando fui a esta dirección, que resulta ser hace al menos 10 minutos antes de ponerme a escribir esta carta, me encontré con una biblioteca abandonada. Ya era suficientemente tarde así que decidí meterme a través de los barreras puestas por la municipalidad y, teniendo cuidado de que no me vieran ningún policía, logré entrar. Una vez ahí, donde casi no se veía nada, era ya la hora estipulada y escuché que me llamaban: “Mensajero, mensajero por acá”. Una figura enigmática, que apenas se veía por la luz de la ciudad que entraba por una ventana alta levantó una mano con algo en ella. Me fui acercando mudo y cuando estuve cerca depositó un libro en mi mano y me acercó hasta el. Con una voz femenina y yo goteando de transpiración,helado del miedo, escuché que me decía “ahora es tu turno, espero que te guste morir” y me sonrió. De más está decir que salí corriendo hasta volver al hotel, sin mirar atrás. Llegué, hice silencio unos momentos para pensar pero no pude, la urgencia de leer fue mas fuerte. Me senté en el suelo de la habitación, habiéndome sacado los zapatos mojados abrí el libro en lugar indicado. Pude ver, mientras buscaba, que le faltaban hojas y que había anotaciones y dibujos. Algunos capítulos parecían muy antiguos, otros muy modernos, parecía un libro hecho en diferentes épocas. Volví al comienzo del libro y leí un prólogo muy corto:

“Este es el libro del tiempo, escrito por los antiguos, los que ven. Entregado por los que manejan las redes, los que comunican ejércitos. Entregado por Hermes, los grandes mensajeros de los dioses, de gran coraje. Recibido por los que serán generales, que adormecidos por la barbarie de la masa se encuentran perdidos. Este es el libro del tiempo, dado en los primeros días y resucitado hasta hoy, para el encuentro de el gran pueblo de los colores, de las plantas, de las flores, de las piedras. Este es el dato del pasado, del futuro, que vive en el presente. A Dios con ustedes, suerte, que el signo los siga”

Abajo del prólogo un símbolo dibujado con tinta que el velador amarillo apenas me dejaba ver. Las tecnologías de los días de luz no habían dejado buenos artefactos que duraran con el tiempo. Pasé directamente a la hoja indicada y había en ella muchos párrafos, relataban una historia en la que el personaje (el muchacho me atrevería a decir) se enfrentaba a un ejército, gigante, sostenía su bastón y sus alas se tornaban negras, rodeadas de ceniza, en un primer momento y él se entregaba a morir, ya sin miedo de usar este color. Detrás de él un gran grupo de personas que podría decir, intuía, no eran más que personas comunes que lo seguían. Cerca del ejército el bastón pasaba a ser una espada y luchaba con todas sus fuerzas. Finalmente era vencido por este ejército y nada más dice al respecto, excepto que luego de morir podía despertar, esta vez de blanco, con un bastón blanco y las seis alas resplandeciendo, aunque con la ceniza girando, con partes negras en su vestimenta. No sabría decir si esas alas blancas eran metafóricas de su muerte, si era resucitado, solo sé que me inundó un gran miedo.
Escribo esta carta porque debo seguir buscándolo antes que lo encuentren otros, siento una familiaridad con él, siento que soy su hermano, su primo, su amigo, aunque no lo conozca y quiero encontrarlo, darle el libro, el mensaje, todo y, temo por mi vida así que anoto todos los datos al final de la carta por si se pierde: que en la muerte mi misión prospere.

Jesús Alejandro Correa

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