Anabel 6

 Caí, en la red. Petrificado, miraba para todos lados, perdido en un pérfido azul transparente que me revolcaba con cada ojal de mi zapatilla interior. Zapatilla que, lejos de ser de marca, solo apuntaba a un buen gusto general. Seguía sin poder devolverle la mirada. Dudas, dudas, decisiones, perdición total y resignación del abuso de poder, sobre mi persona. Tuve que devolver el pedido con un “caminemos” bien actuado, a punto caramelo, de corbata de comunión y limpieza de propaganda. Esa capacidad que tienen algunos y algunas para dominarnos, para terminar creyendo que es nuestra una decisión que no es sino cháchara suya para revolcarnos en sus deseos. Incesto de la vocación y de la palabra con la palabra, del querido y querida, de mil mates quemando.

Me preguntó, muy sutilmente, que si me gustaba caminar. Tuve que deducir, por su mirada baja, que mis zapatos estaban muy sucios, o que había en el suelo un reino aún no descubierto por mí, o que había descubierto otro dibujo en los zócalos y lo estaba examinando, o que quería dar lástima para que dijera que sí y la acompañara a donde quería ir caminando. Siendo que mis zapatos estaban impecables, que no había reino en mi casa que no hubiera descubierto (las siestas en las que el ruido está prohibido llevan a uno a explorar casi paleontológicamente), sólo quedaba la idea del dibujo o de la actividad. Me quedé esperando, mientras veía sus raíces del pelo en su curioso orden, que dijera la forma del dibujo, o su esencia al menos, pero sólo obtuve silencio. Queriendo acabar con diálogos que sólo llevarían a ceder, pero con orgullo levantado, simplemente respondí “caminemos”, lo que me fue pagado con una sonrisa de par en par y su mano buscando la mía entre mi saco.

Anabel, curiosamente, prefería agarrarme del brazo. Por momentos es muy anticuada, al menos superficialmente, muy aristocrática; por otros momentos es muy novedosa y vanguardista. Estaba ansioso por saber qué quería hacer, pero solamente insistió en caminar, derecho. Siempre he tenido un perfecto sentido de la orientación. Sin embargo, sabiendo hacia dónde nos dirigíamos, seguía perdido con el destino. Que tan poco perfecta es mi orientación. En tanto no sé el destino, cuán poco importa el camino. ¿Pero el camino no es, al fin y al cabo, la parte más importante del destino? No, la parte más importante del destino, es el destino. El camino es el sentido, el destino el significado. Pero en tanto sea así, el destino formaría parte de este camino. Sería la causa y consecuencia del camino. No sería un todo, sino más bien una parte. ¿Cuántos destinos no sabíamos que íbamos a encontrar y aún así caminamos? Pérdida de tiempo, dicen algunos. Pero de tantas veces que han caminado en su cabeza, nunca han caminado con los pies. La tierra de las calles sin asfaltar muchas veces es un infortunio que el caminante, centrado en su destino, no tiene en cuenta. Las imperfecciones del terreno y el clima, la gente a cruzarse y los vehículos de cuatro patas, reiterando su sanción sonora. Todas estas características del camino sólo llevan a pensar cuán parte del destino es el camino. Quizás, entonces, el camino es el destino y viceversa. Cada decisión que tomamos vendría a verse plasmada en una actividad que comienza con el primer pie en la tierra y finaliza con el objetivo final, que es el recuerdo. Pero entonces, somos lo que recordamos de cada destino.

  • Anabel, ¿Qué destino vamos?

  • ¿Vos creés en el destino? ¡Ya estamos grandes!

  • No, querida – dije mientras me agarraba la cara – El destino, el lugar de finalización del camino.

  • No me tratés de tonta – Su sonrisa de ofendida suponía un acto popular en su obra de vida – era una broma nomás, y ya vas a saber. ¿Cuál es el apuro? Disfrutá del paisaje.

  • El paisaje son autos y tierra, Anabel.

  • Sí – su sonrisa sólo devolvió su característica falta de comprensión, o de demasiada comprensión, para volver a silbar su canción preferida del momento.

Circuladô de fulô
Ao deus ao demo dará
Que deus te guie porque eu não posso guiá
É viva quem já me deu
Circuladô de fulô
E ainda quem falta me dá

Seguimos trayecto hacia el destino, esta vez en silencio. Anabel, me sorprendés. Hubiera jurado con todas mis fuerzas que eras incapaz de hacer silencio o de simplemente estar conmigo, o con quien sea. No te juzgo, el silencio no te hace falta, como a tantos para quienes el silencio es una meta a alcanzar. A vos solamente te aburriría, o no te diría nada. No te hace falta, querida.

Entre cada retazo de pasto y tierra, no comprendía más que lo incomprensible. Qué juegos de palabras se perdían en esos matorrales microscópicos, en esos gigantes calabozos de piedra diminuta. El humano manejaba en su cápsula del tiempo por la calle, mientras nosotros, en nuestro típico jugar adelantado, somos imperceptibles. Encuentro en este camino, en este destino hecho acción, lo que somos, De Bolsillo. Y temo, temo por vos, temo por mí. Tu dulce picante hoy se vuelve una flor silvestre pisoteada por un tigre que ronda la zona. Vuelvo a mirarte y sólo encuentro una sombra que refleja una imagen negra en el suelo. Qué lejos que estamos, qué destino que sos. Si sos destino entonces sos camino, y si sos camino podría ser que aún no te esté caminando, que seas mente y pensamiento todavía. El retrato de tu vida lo veo en tu marco. Te comprendo, yo soy igual.

Divertime y divertite. Por aquellos días, todo era diversión y placer. Y hoy, te miro como desconocida que jamás voy a conocer, pero también como simple mujer. No, como simple vos. No, como simple yo en vos. No, como simple. No, simplemente no.

De una tras otra entre los árboles del centro de la avenida, revolotean pájaros entre ellos, a pesar de ser árboles pequeños. Un boulevard rodea el centro de la avenida y vemos grandes castillos a sus costados, como un túnel sin techo. Es de siesta y, como buen pueblo, nadie duda en hacer ruido sordo. Ese ruido sordo sólo se aplaca en algún movimiento necesario para alimentar nuestro apetito pulsional o la ansiedad del aburrimiento siestero. Se hace ruido, pero con la precisión de una monja prendiendo las velas, más que con la fuerza de un montañista prendiendo el fuego, porque se ha quedado sin gas. Este ritual siestero, típico del centro de Argentina, hasta se nota en los bocinazos. por alguna razón, son más leves. Debe ser respeto.

  • ¿Vos sabes que es de siesta?

  • No. ¿Vos cómo supiste?

  • Ana, es de siesta. Mirá la hora.

  • La hora no sabe nada, Monse, son sólo numeritos. ¿Vos cómo sabés que no te está mintiendo el reloj?

  • No puede mentir una máquina. Es un aparato, no tiene conciencia.

  • Los árboles tampoco, pero yo he visto árboles tirando hojas marrones en verano, siendo que eso lo hacen en otoño. Esos árboles mentían.

  • ¿Vos siempre estás tan florecida, tan linda, o es la tierra y la duda de no saber a dónde vamos?

  • Divertite, Julio. Si no, ¿para qué existís? – decía evadiendo la pregunta – Sos un hombre que a veces parece un niño. Ya vas a ver, o sentir, o oler.

  • U oler.

  • Las letras no se huelen che. Soy tonta, pero no para tanto.

  • Nadie te dijo tonta.

  • Vos me dijiste. Bueno, no lo dijiste pero sí lo dijiste.

  • Decimos tantas cosas que no queremos decir – En mis labios comenzaba a asomarse el aburrimiento de una charla banal.

Con De Bolsillo jamás nos aburríamos. Si no era una actividad juntos, era una risa, era una caricia, una pelea o a veces aburriéndonos juntos. Qué curioso cómo una cosa puede matarse o negarse a sí misma. Así, el perro no es perro si se piensa que, para ser perro, no tiene que ser otra cosa. Y si es perro, entonces está hecho de perro. En ese caso, sería dos cosas, y eso no puede ser.

A esa hora no se veían perros rondando, pero sí se comenzó a asomar un techo de árboles grandes, coincidente con la falta de cápsulas con ruedas y silencio de personas. Hacía unos meses había intentado saltearme el momento de conocer gente en la calle, o en un bar, o cuando iba a mi librería, y sólo me había encontrado con la fatal decepción de vivir rodeado de otros. Esos otros que no nos dejan escapar a sus deseos para sólo ennobelecer los nuestros. Esta vez, de repente me encontraba rodeado de soledad absoluta por un instante, y temí por esos otros, que si eran otros era porque los veía aún.

Anabel me llevó, entonces, a un gran lugar en donde se veían las usinas y grandes torres de metal, por donde la corriente eléctrica alza su dominio voraz. Esta suerte de usina barrial sólo me produjo sensaciones parecidas a los almuerzos familiares en donde sólo se habla de la comida del perro, ensuciando la dignidad del hablar de lo que se quiere hablar, para evitar escuchar lo que no queremos escuchar. La pregunta que surge es cómo, al evitar escuchar lo que no queremos escuchar, terminamos escuchando lo que no nos interesa escuchar, tan atentamente, que termina siendo importante. En esta fachada eléctrica sólo se explicitaba el metal, sólo se explicitaba la posibilidad, sólo se explicitaban los grandes carteles con una persona atravesada por un rayo. Pero al lado se alzaba un fuerte, un sueño, un gran castillo en el aire, perdido de seres, con huecos, con escaleras y pasillos vacíos, un gran pueblo fantasma al alcance de la mano. Se podía apreciar sus cuatro pisos totalmente ahuecados, una construcción tirada a menos, no terminada y abandonada al azar de dos transeúntes que sólo pensaban en lo mismo.

  • ¿Qué sucederá acá dentro? Trajiste luz, ¿no?

  • No – dijo riéndose, y sacando de su cartera una muy pequeña linterna bordó.

  • Mirá, ahí están los tablones. Se ve que ha quedado sin cuidado este lugar. Cuánta vida muerta, cuántos deseos incumplidos.

  • Tu problema está en que no ves lo que hay. Acá sólo hay mugre y cucarachas.

  • Cucharas no hay porque no hay gente. Y acá todo eso que te nombro está. Mirá, ahí esta el jefe tomando el mate, jugando a las cartas. Y ahí la planta de ventas.

  • Yo sólo veo bolsas de arena y manchas en el suelo. No sé que estás viendo vos, porque ahí no hay nada.

  • No entendés nada. Pasa que vos sos muy poco destino, sos muy camino.

  • ¿De que hablás? El camino es y sos. El destino no existe, esos son cuentos de niños. ¿Viste que si creías? Después me porfiás, – se acerca y me toca la nariz – niño.

  • Y allá, estaría la cantina.

  • Metete afuera Monse, que no te traje acá.

  • ¡Ah! Viste que sí hay un destino.

  • Ven por aquí, porfiado. No hay un destino, hay otro camino más.

  • Destino, camino, ya no sé cuál es la diferencia. Espero que no haya que caminar más.

  • ¿No me dijiste que te gustaba caminar? – sus ojitos se volvieron violentamente contra mí.

  • Sí, caminemos.

El destino, el camino, el rastro, la huella. Simples notorias faltas de convicciones. Seguimos destino para encontrar el camino nuevo, que resultó estar a metros de ahí. Sonrío y ella sonríe. Blanco, medio despintado culpa de la exposición al ambiente de la madera. Tablas de madera y árbol pequeño cubriendo su flanco izquierdo o derecho. Su melancolía de soledad estaba por su diferencia con los juegos para niños de la plaza y por su falta de compañía.

  • Lo acompañemos, ¿dale?

  • Dale, se lo ve muy solo.

Único, irrepetible. Lo más perfecto era la cercanía a la esquina del triángulo que formaba la plaza. Una esquina cuyo lado acercaba la vereda a la plaza, casi como una calle sin necesidad de existir como calle, pero estando ahí, tierna y necesaria por estar, por ser hermosa y clásica. Estaba a metros de la calle. Ya no la podíamos ver porque estaba a nuestra espalda. El pequeño árbol nos tapaba de oficio, en tanto los grandes árboles que tapaban el sol oficiaban de techo. Lo curioso de ese lugar, en donde este nuevo camino o destino nos llamaba, era que todo tiene la cualidad de ser chico, pequeño, para un mejor acercamiento. Pequeños árboles, bajo techo, pequeños juegos, pequeña calle, pequeña soledad mal pintada. Aún con su falta de pintura y todo, el viejo nos acurrucó excelentemente y su forma de hablarnos fue inequívoca. Cuántas historias contaba, cuántos besos y caricias, drogas, golpes, llantos y victorias habían pasado por sus grandes maderas, sostenidas por unos pies de metal. Ese metal forjado con la misma fuerza que grandes mesas corporativas, que grandes zapatos de construcción remachados. Sus grises tonos, culpables efectos del tiempo, un tiempo climatizado que encantaba de golpearlo, le daban color a su vida. No había sido arrancado por insectos. Lográbamos entender que era, posiblemente, por el respeto al viejo. Nos ofreció cobijo por un instante profundo. Fue un abrazo de abuelo de domingo, que nos cuenta sus secretos más serios cuando nos alejamos de nuestros padres y encuentran en nosotros a un amigo, alguien que los ve por lo que son y no por lo que nos conviene que sean. Quise decir que era un héroe, pero no quería reducir a nuestro nuevo amigo a un código de honor, de titulación tacaña. Luego de una confabulación y complicidad completa, nos levantamos.

Caminando a la vuelta seguimos charlando, dibujando en el aire grandes aviones de papel, perdiéndonos en el abismo. Con ella no había destino ni camino. Había destino y camino. Hay canciones y cuadros, pero que sólo son pintados e interpretados cuando deben serlo. Y a veces yo soy el espectador, y a veces ella es el público. Otras veces somos escenógrafos. Otras veces somos ayudantes. Otras veces ambos somos actores, al mismo tiempo. A veces somos simplemente papel y lapicera, que sólo existen en tanto escriben y son leídos. Vibra cada fibra, diente y prótesis de nuestro cuerpo, mientras nos armonizamos al caminar. Descubro gozoso que el camino de vuelta es bien distinto al de ida. A pesar de ser el mismo, es más rápido, es más distinto y tiene un gusto a satisfacción y a almuerzo recién servido, el cual temo que, de terminarlo, sea el mismo gusto a olvido que cuando es ha hecho una excelente comida y ya se ha terminado de comer, y la noche perdida pasa a perfilarse al ovillo de sábanas de criticas y preocupaciones semanales.

Cuánto destino, cuánto camino. Ese perfecto que vivía en su esquina era perfecto. Era perfecto, era todo lo que necesitaba ser. Si no hubiera sido un otro perfecto, pero que no hubiera sido este perfecto, entonces hubiera sido imperfecto.

La cartera mal intencionada pide disculpas por su grave golpiza inferida a su costilla y pide por favor le sea comprendida su calaverística ovalidad. La cartera y el salto no me caen bien. Llegando al punto de partida todo cambió: el punto de partida ya no es más punto de partida, es destino, y el camino tomado es certificación de perfección. En la verja nos sentamos, me toma de las manos. ¿Por qué hoy querés tomarme las manos? Bueno, no te enojés, Es ya la tarde y el ruido es más que permitido, es obligatorio en un pueblo y el vecino decide que limpiar un radiador a mano limpia debe ser, entonces, la principal atracción vespertina. Mañana va a ser siesta de nuevo, pero no va a ser esta siesta. Anabel vuelve a silbar, qué se le va a hacer. Ella no entiende de siestas y tardes, su reloj atrasa o adelanta según tenga ganas, como su cartera temperamental arremete, sólo por sí mismos, para sí mismos, silban, todos al unísono, armando cajas con formas irregulares. Y qué se le va a hacer… no entienden de manuales de instrucciones ni de formas correctas, qué se le va a hacer.

 Julio Montserrat

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