Me olvidé de como Creer en Dios

Me olvide como creer en Dios.

Si miro a la pared veo concreto, ladrillos, cemento, diagnósticos, peleas, color, pintura y gordos transpirados que cobran su trabajo muy caro. Dejé de distinguir entre dormir y pensar, entre vivir y disciplinarme, soy negruzco. Me olvidé de como regalarme una segunda taza de leche con chocolate y de como masticar despacio para sentir el gusto. Escribir se me da como tarea tediosa, como mover un telescopio. Si miro al hueco de mi ventana y pasa el aire, solo puedo pensar en pendientes: ropa para lavar, comida, zapatillas, hueco, vaso por lavar, tarea, pie, rascarme, ordenar, plata, plata, plata. Ya hasta cambiar las cosas de lugar en mi pieza o dormir son tareas que solo me satisfacen momentáneamente, parecen ese caramelo cuando llorábamos de chico que una madre cansada de intentar entendernos nos acercaba y con eso pretendía alegrarnos. No digo que sus intenciones no hayan sido puras, más bien digo que sus intenciones no fueron muy consistentes. El esfuerzo, vale oro, relatan por ahí. Próceres de las cualidades humanas, del como vivir, del como existir, disparan muletas y muletillas con la precisión de un francotirador de recetas de tartas de vida, de tartas y de postres, a veces de almuerzos pero nunca de meriendas. Antes era un convencido de que las meriendas eran lo mejor pero todos, todos me recordaban esas muletas y muletillas almuerzescas. Pasó el tiempo y resulta que tenían razón, es muy difícil encajar un cuadrado en un hueco triangular así que intenté hacerme triángulo pero más miro por el hueco de mi ventana y más veo que de ninguna manera ese hueco es triangular ni cuadrado, es más bien un hueco único,una forma que llamaría proxilondineal, por decirle de alguna manera. Pero si algo me ha dicho ese hueco es, claramente, la utilidad de conocer los cuadrados y los triángulos (o de los que dicen serlo) y poder hablar su idioma, pero también me advierte del error de querer internarme en su país de las maravillas, túnel secreto y húmedo que solo pertenece a quien lo crea y en donde cualquier pasajero es solo eso, un pasajero, que si quiere convertirlo en su casa tendrá que pagar con su vida. Yo, ¿quiero pagar con mi vida? Quizás si, quizás si por un país de las maravillas que me reintegre y me seduzca hasta su íntimo interior pero, este pasaje triangular no se parece a eso. Sus panfletos, su propaganda y publicidad y sus alentadores discursos representar una cueva maravillosa completa de la que Aladino se enamoraría de solo conocerla y muchas de las historias de las mil y una noches tendrían que ser reescritas. Una probada a su promesa parece más que suficiente para ver como estamos rodeados de publicidad. “¿Ves esto que yo se y que te digo? Bueno yo lo sé y vos no, así que hazme caso pero no preguntes ni cuestiones, porque no puedo profundizar” sería una excelente descripción de uno de estos panfletos. Rodeados de cableados inteligentes y miles de fórmulas mágicas que, claramente, no llevan hacia ningún lugar más que el lugar en donde en ese momento están. Mi forma prolicraneal se destruye a si misma en este ballet. Quiero abandonar para siempre la espada de la razón y dejarla para cuando haya que hacer cuentas rápido, dejarla en su estante junto con los sentidos y con las recetas de cocina y abrazar, en una danza frenética sexual mi apremiante piedra ancestral, aquella sin forma definida, aquella proxilondineal personal que no existe más que por su propia negación, por su inconcordancia con las demás formas conocidas.
En un lado, en un estante, mis herramientas, ordenadas pobremente y por otro, desnudo, un gran ojo que no se ve pero se conoce. Me he olvidado de como creer en Dios, de como acercarme a él, le temo. Le temo con cada pelo de mi gusano interior, con cada dígito y cada frecuencia de mi grito mudo le temo. El desasosiego que sufro al intentar pasar a través del hueco de la ventana, de imprimirme por a través de las paredes me hace sufrir, me hace sentirme huérfano. Los días se tornan diapositivas a full hd. Las horas problemas, ya no hay nada que disfrutar, ni como hacerlo. Le temo y le amo, lo pongo en un sillón, alto, en la cima de los vientos crocantes. Si lo toco, me quemo, si lo alejo, sufro. Intuyo que mis primates hermanos han elegido la resignación, han elegido el sufrimiento constante que tapan, tapan con mecánicas partes del cuerpo, tapan con vacilantes acciones premeditadas impresas en los volantes ya muy tarde para reinventarse.
Sin embargo no puedo elegir ese camino, el miedo a quemarme carece de importancia, quiero reventar esa burbuja que curiosamente me aísla mientras construye cables con el riel del tren, como promesa de luz al final del túnel, como promesa de descanso al final de la caminata. El otro camino ha mostrado sus frutos, sus efectos, que son los únicos que hablan por si mismos, más que las palabras y con más autoridad que cualquier pensamiento, por mucho que este sepa. Quiero hadas y duendes, los deseo. Quiero piedras parlantes, pájaros gigantes, gusanos de agua y paredes con oídos. Quiero sentarme a tomar el té con mis miedos y mis inseguridades, ser su amigo, ellos están tan solos. Quiero un perro discapacitado y un gato ciego, un dibujo preciso, la rueda que gira sin nunca quedarse quieta. Quiero emprender una aventura que jamás se detenga y que ninguna película pueda equiparar, que me haga reírme de la ficción y que me haga dar cosquillas en los cachetes pero, me he olvidado de como creer en Dios. ¿Cómo se puede ver el hueco de una ventana con su forma pura sin reducirlo matemáticamente a miles de formas superpuestas?, ¿Cómo quebrar todo un bagaje de pilares estructurales para que quede la catedral en pié y ya no se distingan sus planos, meros parantes, meras herramientas iniciáticas? Me he olvidado de como creer en Dios y más miro por mi ventana más quiero chocarme contra ella y destruirla, traspasarla y aparecer detrás de ella en mi país de las maravillas. Todos los panfletos son herramientas, entiendo, herramientas que una vez aprendidas deben ser destruidas por un fuego purificador, que solo nos muestre su humo pero, tengo miedo de quemarlas. Miedo, que se traduce en la cristalización de mis pupilas al amanecer ante el recuerdo, en puños apretados y dientes mostrados en sonrisas falsas y fuerte ramificación hasta mi nuca. Reventar el vidrio, hacerlo pedazos y conformarse en la ignorancia. Transpirar, resucitar, transmitir, no pensar. Reventarte, a vos y a toda tu felicidad, contra una pared, de un disparo certero y con todas mis fuerzas. Pero, esto también me aleja de ese trono, que no es trono ni amenaza más que porque yo le temo. Veo a sus monstruos sentados alrededor, los odio pero me seducen. Parece que hubiera vidrio molido a mis pies descalzos y que fuera a sangrar, sin embargo, no estoy sangrando.

Si me implanto, como árbol, crezco cruzado y ramas corren sin horizonte, solo por el placer de crecer pero si me implantan, crezco derecho. No quiero más, o más bien, ahora quiero. ¿A donde estás? Epopeya diapasónica, ¿A donde estás? Te llamo y está mal, pero si está bien o está mal hace milenios que carece de sentido, pero a los trajes les asusta. Si grito, si grito de noche molesta a las almas que esperan el amanecer para existir en su rutina no existente pero si grito en la sala de gritos todos están complacidos. Ni lo uno ni lo otro, ni el grito desesperado del niño que busca atención ni el grito controlado y preparado del asustado por la creatividad. Ni lo uno ni lo otro sino ambos al mismo tiempo, el grito preparado, aprendido pero infantil, de la palabra no dicha, no de la herramienta sino del fin, no como camino sino como meta, ese grito, el grito. Ni el traje ni la desnudez del apático artista reducido, ambos, el traje de carne, el hecho a medida. Hubo una época en donde un Rey medieval tenía un consejero muy capaz, muy brillante. En este reino los árboles se quejaban, se quejaban de que su vecino era muy grande, de que no podía crecer sus ramas tranquilo en la dirección que quisiera. El Rey, que tenía mucha devoción, decidió consultar con su consejero el cual le dio una idea: Por orden del Rey, todos los árboles crecerían hacia arriba y sus ramas no podrían comenzar a crecer hacia abajo sino en un ángulo mínimo de treinta grado, luego de superada cierta altura podrían crecer, aunque en mínima cantidad, hacia cualquier lado, procurando no molestar al de al lado. El reino se sintió muy satisfecho con esta idea y todos se pusieron unos parantes que el Rey mando a construir por los herreros. Los arboles crecieron desde entonces hacia arriba pero no fue sino muchos años después, cuando el Rey ya había dejado varios sucesores que todos los árboles se miraros y se desconocieron, no pudieron abrazarse, ni pelear, ni enfrentarse, ni charlar y mucho más importante, había árboles que querían ir hacia abajo y otros hacia arriba que hubieran estado más que contentos de crecer al lado uno del otro pero que ya no podían más que doblar algunas pequeñas ramas.

Somos el trágico cuento de una novela de suspenso, drama y aventura cuyo final es claro y sencillo. Si grito “mietredor!” o si lo escribo se me culpa, se me tilda, se me interpela y yo, no puedo responder, soy un niño. Si no grito se me culpa, se me tilda, se me interpela y yo, tengo la respuesta ensayada soy un adulto temeroso. Me he olvidado de como creer en Dios, o a lo mejor, nunca supe como hacerlo.

 

Gabriel

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s