Sigo esperando

Hay un llamado muy profundo dentro mío. Hay un grito saliendo a través de mi cuerpo. No tiene forma, ni color, da miedo. No tiene pelos, ni cola, ni olor, da miedo. No tiene nombre, ni edad, ni vida, ni muerte, da miedo.
Que soy yo sino su simple contenedor, comandante, hijo, voz a través de la cual sus canciones recorren mi garganta y mis venas, mis palabras, mis dedos, mi verdadera vocación. Que soy yo sino un simple instrumento de él o de ella o de ello. Que soy yo sino aquello que detrás de simples palabras aparece para gritar, un vocero de sus inmaculadas verdades sin título ni ley. Es un llamado profundo, una verdad absoluta, una mentira absoluta, un absoluto que no es para nada absoluto. Ni obsoleto. Les escribo esto como una suerte de testamento, de trova, de frase, de música inaudible, anunciando mi propia muerte. Con mi muerte mi ida a ese otro reino. Con la ida a ese reino un regalo q Sigue leyendo

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Las puertas.

Dominio del repertorio perceptual. Instrumento metodológico del abstraer humano. Entre tantas irreflexiones me coloco bajo el manto del universo, del cosmos, de la inconmensurable realidad imposible de tocar. La ansiedad, la angustia de dejarme atravesar por las flechas de lo irrefutable se golpean entre sí, son monstruos asustados de ser tocados por su propia intransigencia, por su propia singularidad, porque es a ellos mismos a quienes se temen. Mono volador, reflejado por tu pantalla de aluminio, lo irrefutable es momentáneo, lo irrefutable es relativo, relativo a. Es irrefutable ahora, acá, y ese ahora es tan amplio o tan diminuto como las estrellas. El olor que recuerdo, cargado de iniciativa, rugoso, un poco oscuro y rojo, granulado, con toques rosado, violeta, púrpura, huecos en el medio, sonido de amor libertario y autónomo abierto a una realidad no descubierta.

Así me encuentro, frente al todo, que se encuentra en lo ordinario, aquello a lo que estamos tan acostumbrados, tan amansados, cuyas explosiones de estímulos vienen desde todas partes. Del televisor, del celular, de la pantalla de la computadora, de los productos reproductores de música, del centro de la ciudad, de la ciudad misma, del ruido del silencio del campo, de lo acostumbrado que es un estímulo que nos ha cansado. Toda la energía dispuesta a reconocer lo perdido, perdido por creerlo nuestro para siempre, por solo haberlo tenido unos instantes. Por habernos cansado de su estímulo y habernos hecho niños caprichosos, por habernos acostumbrado a su estímulo en esta búsqueda de seguridad. ¿Qué esperanza queda?

Que paradójico, que aquello anhelable se encuentre en un viaje de descubrimiento en el Himalaya, y en la Plaza San Martín. En una meditación budista y esperando en una cola interminable del banco, esa cola que no soportamos esperar. Que paradójico que aquello a lo que nos acostumbremos en nuestro intento de calmar las ansiedades, del encuentro con el todo, con la seguridad uterina, sea exactamente lo que nos aleja de nuestro objetivo, o más que de nuestro objetivo (ya que esto contaría con un fin hacia donde nos dirigimos) con nuestro deseo más profundo, con el impulso vital que nos hace atravesar el aire. Buda meditó donde vivía, bajo el árbol que tenía cerca de su hogar. Es como si fueras a la plaza cerca de tu casa, o  las sierras, o a la “praia”. Todo esto parte de la necesidad de seguridad, de irnos fuera de lo conocido, de estos estímulos naturalizados y que no nos causan cosquillas y de “encontrarnos con nuestra soledad” para luego trasladar eso a nuestra “cotideaneidad”. Larguísimo viaje del héroe, adentrarse en territorio desconocido, viajar muy lejos, para luego volver, con la cabeza gacha diciendo “aquello que necesitaba no depende de un lugar físico, de un grupo de personas, de situaciones particulares, de nada que no tuviera ya”.
Estoy intentando no caer en la repetitiva frase “lo que uno siempre quiso está dentro de uno” justamente por esto de los estímulos que ya no nos estimulan lo suficiente. Podría reemplazarla: “Basta de películas de Hollywood my fellows, basta de teorías, basta de copiar estructuras, es tiempo de dialogar con estructuras”.

Queda la esperanza de volver a encontrarnos con la eternidad en un vaso de jugo tang. Nos queda la esperanza de, en la misma caminata de siempre, reencontrarnos con Dios, con los dioses. No es necesario lo espectacular, no es necesario lo extraordinario, no es “necesario”. ¿Qué tal si el próximo buda medita comprando milanesas en el supermercado de su barrio? ¿Porqué no? La disciplina de la mente, del cuerpo, del alma, el encuentro del humano con lo humano y lo eterno, está en todos lados y nos parece tan lejano, nos parece tener que subirnos a un bote que se encuentra del otro lado del continente cuando, está, en todo caso, en el teclado de tu computadora, en la pantalla de donde estás leyendo esto, maravilla tecnológica, solo hay que dialogar con el mundo, solo hay que dejar que el mundo vele por vos, que te encuentre, que te atraviese, mirar de otra manera, meta-mirar, meta-conocer, para que así la rutina sea el cambio constante, y el cambio constante rutina. ¿Para qué? Vos sabrás para que, estás leyendo esto.