Hacía frío esa mañana.

Esa mañana era todo, era todo lo que necesitaba. Ya me había preparado, preparado el día anterior. A la noche, a la noche me lo dispuse, me los dispuse porque si perdía, si perdía en realidad no hubiera perdido nada. Me gritó la alarma, me vestí como nunca en la vida, me levanté como nunca en la vida. Recuerdo haber elegido la ropa que me quedara mejor pero que menos demostrara que me había preparado: era una sorpresa. Pero era una sorpresa inusual, no sabía con que me iba a encontrar, sabía que tenía que ingeniármelas para llevar el camino hasta donde yo pudiera dar la sorpresa. Estaba solo, solo con mi escudo y mi lanza, desnudo frente al mundo y mi corazón palpitaba tan rápido que tuve que suspirar un par de veces (me encantaba esa sensación, me hubiera quedado a vivir en ella). Mis pantalones parecían caminar solos, junto Sigue leyendo

Anuncios