El árbol de cerezas

– Son más de las 12 del mediodía, Percival.
– Hace 65 años que somos amigos y seguís llamándome igual, Rodolfo. Me parece que voy a empezar a cantarte la canción del Reno.- Bueno, bueno. Me callo entonces – Dijo Rodolfo, enojado, pero recupero rápido su sonrisa – Igual es verdad que son más de las 12 del mediodía.
– Si, y el sol es terrible ya. Sobre este desierto parece que las piedras hablaran. O hablarán. Ya no se la diferencia.
– No hace falta que te pongas sentimental, con el calor es suficiente. Además, no se si te has dado cuenta, pero los pájaros vuelan sobre nosotros, así que de algún lado comen.
– O de algunos cuerpos, podridos ya, por el calor. – Afirmo friamente mientras seguía mirando al piso, sosteniendo su mochila más con la espalda que con las manos que tiraban de los tirantes. La cara de Rodolfo se empalideció (o como se escriba, ese no es el punto señora) con la sola idea de que hubiera cuerpos putrefactos. Algunos de esos cuerpos podrían ser de humanos, de humanos muertos, que se habrían muerto por el calor, por no encontrar una salida del desierto. ¡La terrible soledad del humano, tan ínfimo sin su tecnología, sin tanto en que gritar sus clemencias, sin globos aerostáticos ni brújulas! ¡Pobre criatura de Dios, perdida en la inmensidad del universo!

– ¿En que pensas Rodolfo? Estás pálido. – Ahora quieto, con la cabeza alta y el sombrero que le daba algo de sombra, con cara de preocupación (ya sabe, cejas caídas a los costados y que suben al medio, las emociones son básicamente cejas)
– Nada, nada, tonteras. No me hagas caso Napoleón.
– Otra vez con lo mismo.
– Ya, no te enojes. – Decía Rodolfo mientras reía.
– En fin, la gran pregunta es si lo vamos a encontrar. Hace mucho que seguimos esta pista, y que hayamos encontrado tanto cuerpos – Disfrutaba crear esa pequeña angustia en su amigo – Significa que otra gente también llegó  hasta acá. Estamos cerca amigo.
– Odio que me digas amigo.- ¡Ajá! Te tengo, amigo, ten cuidado con no pronunciar mi nombre correctamente, amigo.
– Ya, ya, esta bien. – y en voz baja agregó – Rodrigo.
– ¿Qué es eso?.

A lo lejos, en el desierto, algo que parecía ser una mezquita se erigía sobre la arena. La puerta parecía medio enterrada (O medio desenterrada) pero estaban seguros de haber llegado. Corrieron hasta la entrada, pero vieron que no podían ingresar. Intentaron, entonces, subir la mezquita. Intentaron subir la mezquita por una ventana. Intentaron entonces, subir esta mezquita que habían visto por una ventana enrejada (por suerte ambos eran delgados). Una vez en el techo encontraron una pequeña puerta que les permitió la entrada.

Dentro la mezquita, por los corredores de la cúpula, pudieron ver una galeria impresionante de libros. Había secciones totalmente desconocidas para estos dos viajeros

– Bueno, ya hemos recorrido todas las galerías.- Dijo Rodolfo – Y solo hemos visto locuras. Ya sabía que este viaje era un desastre, señorita.
– Al menos no me inventas nombres. No teníamos otro objetivo que una aventura. Yo personalmente estaba cansada de vivir siempre lo mismo, de repetir esquemas que solamente me servían para si mísmos. Hacer ejercicio para ser mejor haciendo ejercicio en el patio común.
– Entendido doctora, pero esto ya no sirve para nada. Mire, esa sección dice “Estudios Avanzados en Depilación de Pies”. Mejor nos vamos de acá – Al terminar de decir esto, la edificación empezó a temblar, libros empezaron a caer y hacer ruidos ensordecedores. Todo era un caos de polvo y ruido, libros cayendo, pedazos del edificio golpeando el suelo y amenazándo la vida de ambos. En las ventanas, el sol que golpeaba se volvió oscuridad y miles de ojos resplandecientes se abrían y cerraban en todas las direcciones. En medio del caos, agachados, lograron subir hasta la cúpula y salir, solo para encontrar, afuera, silencio. Silencio lúgubre (que buena palabra) y sin estrellas. Parecían envueltos en una neblina por la oscuridad que había, apenas podían ver unas luces a la distancia, como empañadas.

– No entiendo. Recién parecía el apocalípsis. -Decía agitada, intentando recuperar el aliento – Y acá… Y acá afuera esta mas tranquilo que una tumba.
– ¡¿Qué fueron esos ojos?! Por el amor de Rodolfo que fueron esos ojos.
– ¿Qué ojos? Estas alucinando Rodolfo.
– Los de las ventanas mujer, me va a decir que no los vió. Mire, ahí están de nuevo, se acercan. – Termino de decir, señalando e incorporándose.

Se veían unos ojos como los de las ventanas, relucientes, no tan lejanos, que se acercaban y subían hacia el techo de la mezquita. A ambos les corrió un escalofrío por todo el cuerpo y Rodolfo sintió una caricia muy suave por el cuello y al darse vuelta unos ojos de estos, vidriosos, lo miraban. Ahogó un grito y se sintió débil.

– ¡¿Qué quieren, quienes son?! -Aún con voz femenina, los ojos no se asutaban, ni contestaban. – Díganme, criaturas, muéstrense.
– Te dije que habia visto ojos, te dije. ¿Qué quieren?  – Rodolfo se largó a llorar y entre sollozos repetía – ¿Qué quieren?, ¿Qué quieren?.

Entre medio del barullo (¿varullo?) de ojos algunos se miraron entre sí y acto seguido pareció abrirse un camino entre ellos a donde, al final, había luz solar, como la que había al entrar a la mezquita. Ambos se miraron y sin pensarlo mucho empezaron a caminar, sintieron la arena caliente. Rodolfo se animó a acercarse a este camino, a este túnel, y de cerca le pareció ver plumas negras.
Salieron al fin del túnel hacia el desierto y el sol, que ahora daba las seis de la tarde. Al mirar hacia atrás volvieron a ver la mezquita medio hundida en la arena, con un árbol de cerezas al lado de la puerta, que curiosamente hacía más sencillo el acceso al techo pero, pese al hambre y la curiosidad, decidieron marcharse, hacia la libertad, que no reconocían como propia, que nunca se conformaba.

Tiró el lapiz contra la pared. Más que un lápiz era un escarbadientes, era el único escarbadientes con el que podía escribír, que le permitían tener. Se metió la mano entre los dientes para sacarse un pedazo de comida que tenía mientras, con la cara fruncida, concentrado, caminaba en círculos pequeños. Enfurecido tiraba cosas intentando hacer el menor alboroto posible. Se paraba, rascaba la planta de los pies sucios, miraba el inodoro, seguía girando, se ponía en cuclillas. Todos los artilugios pero no le surgía nada.

– No puedo terminarlo. Es estúpido ese final ¿Por qué se alejarían? ¿Por qué querrían aventuras?. Este lugar tampoco ayuda, horrible, oscuro, alejado de todo. No puedo, no puedo pensar así, no puedo hacer nada. – Gritó y sentándose en el piso con la cabeza entre las rodillas gritó lo más fuerte y profundo que pudo, recibiendo solo un eco lejano y pisadas que se comenzaban a acercar.

– Ya están, ya están, ya están llegando. – Se levantaba rápidamente, secándose las lágrimas – Hola, hola, si gracias. – Decía, intentando ser amáble pero no muy interesado en la comida que pasaba entre los barrotes.- perdón, disculpe. ¿Cuándo voy a poder leer mis cartas? ¿Viene alguien a visitarme? ¿ Hola? Por favor, respóndame, me dijeron que iba a poder hacer eso. Hola, hace 10 años dijeron eso, ya esperé suficiente. Hola, señor, guardía, hola.

Siguió repitiendo preguntas, a través de su barba y de la oscuridad metálica, de luces lejanas que relucían sobre barrotes, sin saber si era de día o de noche mientras el guardia se iba, sin inmutarse. Alcanzó a preguntarle si quería leer su cuento, a ver que le parecía pero de nuevo ni hubo nada más que pasos de respuesta.

 

Pablo G. Cesar.

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