De noche.

Después de sonreírle a sus amigos, con el pucho en la mano, un muchacho se dirige a un bar, solo. Se sienta en una de las mesas de plástico de este bar que es servido en realidad por un kiosco. No sabe que pedir y mucho menos parece interesarle, es solo una excusa y  a la vez un ancla. Pide al final una cerveza que termina bebiendo hasta la mitad. En cada sorbo que toma se la pasa mirando a la calle, viendo pasar los autos en la madrugada. Parece estar cómodo, es el único lugar en donde se puede encontrar con su miedo o al menos eso siente. Necesita estar alejado de su cama por toda la vida. La cerveza está un tres cuartos llena y fuma su segundo cigarillo mientras busca palabras para expresarse pero no tendría sentido, se mantiene callado pero rodeado de ruido. Bocinas y frenos, las luces de los semáforos que cambian rítmicamente, la gente hablando a su alrededor, una paloma que aletea de noche, vasos de vidrio. Eventualmente comienza a sentir los latidos de su corazón y esto es lo más cerca que ha estado de tener la mente en silencio, en total terror. Sigue sentado, fuma el tercer cigarrillo, la cerveza está a la mitad y moja sus labios aunque ni siquiera sabe si le gusta. He pensado mucho tiempo que todos estos vicios de nuestros tiempos modernos se adquieren por razones ajenas al cuerpo, es decir por razones ajenas al gusto propio aunque después todos estén apurados a quejarse si su comida tiene sal de más o sal de menos. Se tiene que ir a tomar el colectivo, en algún momento tenía que irse a dormir.

Ellos como pareja se despiden de sus amigos. No van de la mano pero cualquiera que los viera sabría que están juntos ya que casi no interactúan entre ellos, pero caminan muy cerca. Tampoco se miran. Pasa por sus mentes la idea de si el otro necesitará que hablen o si pueden seguir callados, no saben si pueden compartir lo que sienten. Él quiere seguir caminando hasta que no quiera caminar más, ella posiblemente también pero la emoción le ha dado ganas de vomitar, entonces distraerse es la siguiente opción. O tomar, porque fumar ya lo está haciendo.

– Vayamos al bar que te dije, ¿Querés?
– Dale, dale. Buenísimo. – Dice ella sonriendo, mostrando amabilidad, diciéndole “che, te quiero, esto no tiene que ver con vos”.– ¿A donde queda?
– ¿Qué? ¡AhAca cerca, dos o tres cuadras.

Caminan por la vereda se concentran en no chocarse, se concentran en caminar mejor sobre la calle y no pisar ningún pozo, evitar la mugre mientras prueban entender que les pasa. Nada de esto se suponía que iba a ser así. Que calidez y que sin sentido es todo lo que los rodea, el barullo que no se detiene pero que no les molesta, solo lo ven innecesario o mejor dicho sin tanto atractivo. La ropa de moda, los flashes de los semáforos, la gente vestida de moda, las mujeres y hombres de revista, las risas y el alcohol. Llegan al bar, suena la música extraña. Él pide un whisky y ella una cerveza. Esa noche la pasan charlando de otras cosas, intentan mezclarse ya que para ellos no es una necesidad, ni tampoco es una amenaza nuestro mundo.

El tercer muchacho llega a su casa, solo. Es adrenalina lo que tiene por dentro, mezclado con miedo, no lo puede relacionar con nada. Afuera de su casa hay todo un universo que solo aparece de noche. Hay, sobre todo, sonidos indistinguibles. La mayoría de ellos graves. Nunca había notado tantos ladridos de perros por ejemplo. La noche parece interminable y profunda. Este es el momento para disfrutar su secreto, que es prácticamente como tomar un vaso de whisky, sería lo único que tendría una sensación similar. Se encuentra frente a frente con la misma relajación después de haber pasado por una situación imposible de evadir, que termina aceptando y viviendo, separando las ideas falsas de la realidad. No hay metáfora, no hay enseñanza, hay silencio que pone de manifiesto una vez más lo innecesario que son tantas cosas que le rodean. Más que nada lo mantienen cómodo y ahora las puede disfrutar así. Todos esos sonidos de afuera mientras que son refugio para no sentir, también son la realidad constante. La madera de la mesa que en algún punto fue un árbol sacado del bosque, prensado, ensamblado. Las manos del ser humano que pintó, barnizó y lijó y ahora él apoya su mirada sobre la mesa mientras la mira desde la silla hecha de caño.

– Ya no tienen sentido las formas, las estructuras.

Estructuras, piensa, que se supone nos tienen que ayudar a resolver problemas o a manipular herramientas, a entender como funcionan cosas pero terminamos olvidándonos de su propósito y adorándolas como falsos dioses o fumándolas como droga. Se queda en silencio mirando la oscuridad, pero no parece ser posible que haya silencio.

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Un comentario el “De noche.

  1. ¡Me encantó, qué forma tan buena de describirlo!

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