Los infectados

    Las nubes grises que siempre tapan la ciudad desde hace varios años, desde que las fábricas de nano chips Tesla se instalaron, ese día estaban de nuevo ahí, escondiendo el sol que de otra forma sería insoportable a pesar de ser invierno. Lucía caminaba metida en sus pensamientos, repasando la lista de cosas que había logrado comprar e intentado ver como iba a conseguir lo que le faltaba. Se habían prometido con sus amigas una cena decente esa misma noche y ella era la encargada de comprar los ingredientes. Papas, cebolla, morrones, crema, sal, alguna hierba aromatizante y, lo que no había conseguido, carne. No importaba cual carne, de perro, rata, gato y aún así era prácticamente imposible encontrar, siempre se agotaban y Lucía lo sabía. La visita al mercado era su última esperanza antes de que anocheciera y aún así no había conseguido nada. Caminaba por las calles que antes estuvieran plagadas de autos, viendo como los negocios cerraban sus persianas de metal y aseguraban las casa, sin prestar mayor atención a los transeúntes e intentado llegar al pasillo lo antes posible, antes del ocaso, antes de que empezara la oscuridad y los dejaran salir. “No pueden tenerlos encerrados todo el día” pensaba Lucía, “tampoco son bestias” mientras intentaba encontrar algún lugar que le vendiera su última carne del día.

 – ¡Hola Señorita! ¿Cómo está?
– ¿Eh? ¡Aurelio! Me asustaste – Dijo Lucía sorprendida por el viejo amigo –  ¿Cómo estas? Bien, viendo si consigo carne, lo que sea, tenía una cena y les prometí que iba a llevar.
– Ah, la veo difícil. ¿Probaste en el mercado?
– Si, de ahí vengo, no hay nada.
– Y no, por supuesto, ya no es como cuando eramos chicos. ¡Va! Cuando yo era chico – contesto Aurelio mientras tosía.
– ¿Se te ocurre otro lugar?
– Si, pero no va a ser la mejor carne.
– ¡No importa! – exclamó Lucía, era mejor que nada pensó.
– Muy bien, ¿Te acordás de mi amigo Juan Manuel? ¿El que suele estar sentado charlando cuando ustedes entran a comprar? Bien, el tiene una pequeña reserva. Si le decís que vas de mi parte seguro algo te separa, aunque vas a tener que devolverselo algún día. Si. Mirá, tenes que ir por aquel lado, doblar por alla ¿Ves esa planta? No, la otra. Si, esa. Bueno, seguís a la derecha por ahí, la casa con el jardín descuidado y las Gnomos de cerámica en el jardín. No, por favor, gracias a vos.

  Lucía decidió arriesgarse. Sabía que faltaba muy poco para la oscuridad pero no quería fallarle a sus amigas. Era lo único que tenía desde el brote. Antes tuvo a sus padres que enfermaron y luego su hermano, que tuvo que denunciar antes que infectara a sus sobrinos, que aún así terminaron muertos en una de las revueltas por los derechos de los infectados. “Es entendible que los hayan defendido, eran sus familiares, pero ya no había vuelta atrás. No tendrían que haberse puesto tan violentos la verdad” reflexionaba mientras caminaba. “Si ellos no hubieran hecho eso yo tendría mis sobrinos” pero antes que la melancolía llegara a ella ya se encontraba frente a la casa de Juan Manuel. El jardín era exactamente como Aurelio lo había descripto. Luego de tocar la puerta y entablar una conversación a los gritos con el sordo Juan Manuel logró que le diera un bife de caballo e insistió que era un regalo. Salió caminando contenta y decidió correr para pasar por el pasillo lo más segura posible. El pasillo era un camino de tierra, angosto, rodeado de alambrado que contenía a los infectados. Era el único camino hacia las residencias que había instalado Tesla luego del debacle. Si lograba pasarlo rápido podría evitar a los infectados y pasar antes del toque de queda. Corrió lo más que pudo e intentó no asustarse, no pensar en los infectados. “¿Cómo se verán?” pensaba, y se descubría pensando, asustándose. Faltaban unos metros, según su reloj estaba en hora, iba a llegar bien. Ya estaban prendidos los reflectores de noche. Estaba acelerando el paso cuando una mano la agarró de su brazo izquierdo. Se quedó suspendida en la angustia y el miedo, que no llegaba a los pulmones. Se dio cuenta que no podía soltarse, se dio cuenta de lo fría que estaba la mano que la sostenía, se dio cuenta que las puertas había comenzado a cerrarse, se dio cuenta que en su mano izquierda estaba la carne en la bolsa de Juan Manuel, que era de tela y dejaba pasar todo el olor. Gritó como nunca en su vida había gritado, pero las puertas de las residencias Tesla eran automáticas, no había guardias y el toque de queda tenía a todos en sus casas desde temprano. Gritó aún sabiendo lo inútil que era gritar, y un segundo brazo la agarró. En un instante una cantidad interminable de manos, ojos, gruñidos, gritos y llantos se le abalanzo por ambos lados. Se sintió pegada al alambrado sin poder moverse de la fuerza que hacían todos esos miembros pegados a su cuerpo. Quiso morder pero le taparon la boca, quiso volver a gritar pero le faltaba el aire, solo pudo pensar en sus sobrinos y en su hermano cuando todo se puso negro y empezó a sentirse liviana.
Le quemaron los ojos las luces. Eran cálidas y sentía como si hubiera estado dormida por días. Empezó a abrir los ojos, vio lo que parecían antorchas en las paredes de algo similar a una cueva. Veía la sombra danzando contra las paredes imperfectas, sentía el calor que venía desde ellas y escuchaba solo murmullos. De repente fue consciente del dolor de su cuerpo, especialmente de su brazo izquierda; del dolor de su pecho y su boca y recordó el momento. Se incorporó con velocidad, con sus pulsaciones que parecían sacarle el corazón del pecho. A su alrededor estaba una camilla de donde se había levantado y un balde. Era una cueva, semi circular, con una puerta de metal que no parecía adecuada para la entrada pero estaba adaptada. Se acercó temerosa a la puerta de donde se escuchaban los murmullos y los vio: los infectados, estaba segura. Ropas andrajosas, húmedas y viscosas como caracoles, caras deformes y hasta le parecía ver partes metálicas. A varios le faltaban miembros y a otros les sobraban. Era un escenario desagradable y tuvo que ahogar su grito de horror. En su cabeza no había escapatoria, quizás correr, quizás tirarles algo pero podría ser tocada por ellos y todos sabían que había muchas formas de contagiarse, entre ellas el tacto. En ese momento la golpeó el recuerdo: ella había llegado hasta ahí siendo tocada por ellos, sintió su piel fría sobre la suya. Ya estaba infectada. Su vida no tenía retorno. Nunca más sus amigas, nunca más su casa, nunca más su mente. Los infectados enloquecían antes de transformarse. Luego de eso la movilizarían al campo en donde los retenían hasta que morían, era lo más civilizado. Lucía tuvo que sentarse en la camilla, sentenciada, contemplando su futuro.
La puerta de metal retumbó y despertó a Lucía. Entraron unas figuras enormes, viscosas y frías. Le levantaron de su camilla y empezó a gritar desesperada. El asco y el terror eran a cada segundo más insoportable. Comenzó a patear para todos lados, a escupir, morder, insultar. Su cuerpo golpeo el piso y sintió como se quedaba sin aire mientras la arrastraban los que antes la sostenían. Fue viendo antorchas y pasillos en cuevas mientras era arrastrada. Fue viendo cambiar de pasillo, doblar, subir y bajar resignada, en el suelo, sintiendo la tierra subirle por la espalda. Eventualmente llegaron a otra cueva, a través de otra puerta de hierro, en donde la levantaron del suelo y la sentaron en algo que parecía una silla. Estaba lista para ser comida por los salvajes, así que cerró los ojos y aceptó su destino.

– ¿Pudo descansar? Me dijeron que aún sigue alterada. – Dijo una voz frente a ella, grave y tranquila. – No se preocupe, no se que fantasía tendrá pero no va a suceder.
Lucía comenzó a entre abrir sus ojos. Solo veía oscuridad y antorchas pero sus ojos se fueron acostumbrado. Se estremeció mientras veía otra de esas figuras frente a ella. Parecía tener elementos de metal en la cara y esa cobertura viscosa. Contuvo un grito y volvió a cerrar los ojos, tensando todos sus músculo.
– Ya se lo que parece. Si te sirve me lo puedo quitar. – suspiró la voz- Pero es mejor así por el frío. Mira, me lo voy a quitar. – Terminó, y Lucía pudo escuchar un ruido como de alguien moviéndose. Se animó a abrir los ojos. – Ya está, ¿Te parece así?. – Solo veía un hombre. Un hombre barbudo, muy flaco, con pelos blancos por todos lados y una campera.
– ¿Quién sos? – titubeo la chica – ¿Dónde están las partes de metal?
– A veces me olvido que ustedes nunca han visto esto. Mi nombre es Nahuel, soy uno de los “infectados” – dijo mientras movía los dedos en el aire – y esas partes de metal no son más que mascaras para filtrar el aire. En cuanto a la vestimenta son sacos que hacemos con los animales que encontramos para mantenernos calientes aca abajo. No me contestaste ¿Pudiste dormir?
– ¿Cómo? ¿Infectados? Pero, tu cuerpo parece normal, y la forma en que me hablás también. ¿No fue un error? ¿A dónde estamos? – contestó Lucía y se incorporó. La figura presente ya no era tan amenazante, pero podría estar secuestrada por algún grupo de extremistas como los que mataron a sus sobrinos.
– ¿Cómo es su nombre? Le aseguro que no es un error, soy uno de los que llaman infectados. Para evitar problemas lo más resumido que te puedo decir es que nada de lo que te han dicho es cierto y que estamos bajo tierra, el único lugar donde no se les ha ocurrido buscar para cultivarnos.
– Ustedes son extremistas, ustedes son los que mataron a mis sobrinos en las protestas de Quilmes hace unos años, amantes de los infectados. ¡Me quiero ir! – el miedo se había convertido en ira y empezó a buscar en la puerta de metal una forma de salir pero no pudo.
– No señorita, se lo aseguro, no somos parte de las protestas, al menos no de las externas. Somos, soy, infectado, los que Telsa tan benevolentemente limpió para los ciudadanos bien, los que Telsa iba a alimentar y dejar tener un retiro tranquilo, por el bien de la humanidad. De los desgraciados a los que les fue descubierto el virus en la sangre mediante el análisis del ojo, de los desgraciados que experimentaron la fiebre y a quien nadie podía tocar o respirar cerca, de los desgraciados que se volverían locos y violentos, mientras su mente se deterioraba y a quienes había que aislar para salvar a la humanidad. Si señorita, soy un infectado y no, no va a poder salir hasta que yo no lo diga, así que haría mejor en sentarse. – La voz que en algún momento fue tranquila y paternal, se había vuelto dura y enérgica. No le dio a Lucía más remedio que sentarse. Más allá de su contextura física, el señor era mucho más alto que ella y probablemente tenía más fuerza.
– Pero esta mal, usted no tiene ni cicatrices – dijo en voz más tranquila, limpiándose las lágrimas de los ojos – usted no es un infectado, está confundido.
– Si lo soy. Dígame su nombre por favor.
– Lucía – Contestó luego de unos segundos de silencio.
– Encantando de conocerla Lucía. Como ya le dije soy Nahuel. No se preocupe, no va a experimentar fiebre ni va a convertirse en una infectada, aunque de alguna manera ya lo es.
– ¿Cómo que no? Ustedes me tocaron, me violentaron y ya estoy infectada, voy a morir. Si usted no esta infectado tendría que irse antes que termine así.
– Se que fue brusco el camino hasta acá pero tiene que entender que esas personas tenía mucha hambre, solo comemos lo que encontramos en estos campos infértiles y lo que ustedes tiran. Según me llego alguien olió carne y la trajeron. En el proceso estoy seguro que pudieron haber hecho fuerza de más pero la trajeron luego que se desmayó, así podía recuperarse y la hemos vigilado desde entonces.
– ¿Me trajeron? ¿Los salvajes? tengo suerte que no me hayan comido.
– Vamos a aclarar algo Lucía – comentó Nahuel inclinándose hacia ella, corriendo su silla para quedar frente a frente, con un brazo apoyado en una mesa que hasta entonces estaba mezclada con el color de la pared – usted ya es parte de los que llaman infectados, pero no va a experimentar nada que sea remotamente parecido a la infección. Eso fue en la llamada primera ola, en donde pusieron las carpas blancas y la gente de Tesla, avalada por el gobierno, nos empezó a llevar.
– ¿Es decir que la infección ya pasó? Eso es bueno, pueden liberarlos.
– ¡No! – grito Nahuel, golpeando la mesa para luego tranquilizarse – Nunca hubo infección, no en esos términos. ¿Se acuerda esas partes de metal? filtros para el aire de afuera. ¿Le parecen normales esas nubes verdad? Eso es todo lo que dicen “siempre estuvieron ahí” y las noticias de Tesla siempre dicen que son vapor de agua para hacer mas tolerable el sol. Pero piense un segundo, saque sus conclusiones ¿Cuándo empezó la “infección”? – dijo en tono irónico, moviendo las manos en el aire de nuevo – Cuando se instalaron las fábricas Tesla.
– Bueno pero fue casualidad, además el empleo…
– ¿Casualidad? – la interrumpió claramente enojado – en la Patagonia Argentina estuvo la primera. Nunca se supo que hacían. Investigación genética, ensamblaje de computadoras, producción bovina. Lo que si es cierto es que comenzaron a aparecer esas nubes y ese pueblo, de un día para el otro, no existió más. Se intervino con la milicia, diciendo que había una insurrección de algún tipo y tiempo después solo quedaba la empresa. Después siguió por todo el mundo. Tesla como usted sabe, puso una fábrica en cada país…
– En cada país, en cada ciudad, para vos – cantó Lucía en voz baja.
– Exacto. En cada lugar empezaron las nubes. ¿Y qué vino con esto? la tos y la fiebre. Pero no les agarró a todos, aún no sabemos porque. Un grupo de personas lo denunció y la denuncia se hizo cada vez más grande hasta que, eventualmente, inventaron a los infectados.
– No, no inventaron nada – Refutó Lucía – yo vi los videos violentos, yo vi a mi hermano enfermarse.
– ¿Y qué viste en los videos? ¿Personas con los ojos rojos, peleando contra las fuerzas de seguridad que se los llevaban en contra de su voluntad?
– Si pero…
– ¿Ojos rojos de la fiebre? ¿Te acordás como fue la primera vacuna? Un spray a la cara. ¿Y su hermano, que sucedió?
– La fiebre por supuesto y luego la violencia.
– ¿Vos lo viste ponerse violento? ¿Con tus propios ojos?
– No me tutee por favor.
– Respondame la pregunta por favor. -Increpó Nahuel. Lucía se quedo en silencio. Por supuesto que no había visto a su hermano ponerse violento, lo había denunciado antes, temía por sus sobrinos. Era cierto que los videos que había visto eran del comienzo de la infección y que la primera vacuna era a la cara con un spray, pero podía ser casualidad, si, eso era. – ¿Y? No lo viste, perdón. No lo vio con sus propios ojos, ¿No es así?. Por supuesto que no. Igual no espero otra cosa, esas nubes que tiene todos los días sobre su cabeza, a los que no les dan fiebre, les disminuye su capacidad de pensar. ¿No ha notado las jaquecas? ¿Las pastillas Tesla sobre las jaquecas? ¿Cómo se siente luego de tomarlas? La jaqueca se va, pero queda en un estado de somnolencia. ¿No ha notado que ya no se enferma más?
– Bueno pero eso gracias al servicio de salud…
– Tesla – volvió a interrumpir Nahuel – si, he visto los carteles. ¿En que consiste, se acuerda? Una sola vez fue y le inyectaron una vacuna. Acá tiene la vacuna – dijo Nahuel y puso sobre la mesa con mucha fuerza un artefacto cuadrado, pequeño, algo parecido a un botón transparente. La vacuna había sido en el brazo izquierdo. Se tocó el brazo y notó unos puntos y le dolió. – No podíamos dejar que nos siguieran así que lo quitamos. Seguramente sintió muy frio el brazo, es lo que liberan para adormecerla en presencia de alguien que no lo tenga.

Todo comenzó a girar en su cabeza. No podía tener razón Nahuel. No podía ser así. La jaqueca había vuelto y deseaba una pastilla Tesla. Era verdad el frío del brazo, era verdad todo lo que había dicho, pero no toda conclusión racional tenía que ser real recordó. ¿Hacía cuanto que no pensaba en eso? Desde su hermano. Lo había relacionado con la depresión pero literalmente no lo había recordado hasta ese momento. ¿Y si todo era verdad?

-Nahuel. Entonces, ¿qué es la infección? – preguntó timida.
– Nada. No existió nunca. Lo que para usted es jaqueca para algunos fue una gripe. No sabemos cual es el objetivo de las nubes Tesla, sabemos que es lo único que sabemos a ciencia cierta que producen: nubes en ciudades. Todas iguales, todas del mismo diámetro. Sabemos que a su alrededor se construyen residencias, sabemos que los gobiernos las avalan. Sabemos que no hay infectados fuera de esas ciudades. Sabemos que no hubo infectados entre gente de poder.
– Dijeron que había una cura muy cara que solo ellos podían comprar.
– Por supuesto que dijeron eso, que conveniente. Lo que no dijeron es que pasaba con los infectados.
– Si, los envían a las granjas.
– Les llaman granjas porque nos cultivan. Nos gusta decirlo así. Es una especie de matadero. Los infectados son acarreados por las fuerzas de seguridad – paró para reírse de la palabra seguridad – Perdón. Por las fuerzas de seguridad a los golpes hasta edificios enterrados en donde nos asesinan. Le hago la pregunta ¿Cuál es la población mundial?
– Muy baja desde la infección. Eso lo sabemos todos. Arraso con gran parte de la humanidad. – contesto Lucía.
– Antes de esto, ¿cómo estaba la disponibilidad de comida? ¿Bien verdad? faltaban cosas cada tanto, nada grave pero podías encontrar digamos, cualquier tipo de carne.
– Si, si cuando eramos chicos si. Pero la infección también afecto a los otros animales.
– ¿Cómo las mascotas?
– Claro.
– ¿Las viste morir? -Hizo una pausa larga y la miro a los ojos – ¿Solo desaparecieron verdad?. No murió ningún animal por eso. Es más, antes de la infección por todos lados se hablaba de la pobreza, se hablaba de que la comida no alcanzaba a nadie a pesar de que sabíamos que se producía de sobra. Sobre esa mentira se dijo que la ventaja de los infectados es que podría haber más comida sin embargo es todo lo contrario. Lucía, escucheme, la población humana se les volvió inmanejable, esta era la única forma de reducir la población mundial y que todos estuviéramos de acuerdo.
– No. – contestó duramente – yo entiendo que lo que me ha dicho tiene sentido pero no puedo aceptar una idea de esta magnitud. Los gobiernos matando personas de forma sistemática parece un chiste de un canal de comedia sci-fi. Usted me está tratando de idiota. -terminó enfurecida. Nahuel le sonrió, se levantó, salió del cuarto y volvió a los segundos con algo similar a una pantalla flexible.
– Es lo único que tenemos, es viejo pero va a servir. Mire atentamente.

En la filmación se vio como personajes uniformados iban golpeando personas vestidas con ambos de infectados. Todo filmado desde el punto de vista de un infectado, con un cámara escondida aparentemente, se podía ver como corrían por un campo y se encontraban con una entrada al suelo. Los hacían pasar y adentro había máquinas de picar carne en el suelo. El infectado alcanzaba a tirar la cámara antes de caer y ahí terminaba la filmación. Lucía no lo podía terminar de entender. ¿Por qué harían algo así? ¿Por la población en crecimiento? No tenía sentido. Su hermano ¿No estuvo infectado? no podía aceptarlo. Esto era imposible. La jaqueca era insoportable, quería una pastilla Tesla y levantarse en su cama al otro día, como siempre. Nahuel se acercó y apoyo la mano sobre su hombro. Ella la quitó bruscamente y salió por la puerta de metal que había quedado abierta. Comenzó a correr por los pasillos viendo gente quitándose los trajes viscosos y las máscaras que la observaban a su vez mientras corría. Las antorchas y las paredes fueron pasando, la tierra en sus pies, el dolor en su brazo izquierdo. Podía verlos riendo, sentados en el suelo, comiendo, muchos pelados, muchos barbudos, muchas con canas. Siguió corriendo y nadie la detuvo hasta que logró salir de la cueva y afuera vio a los lejos la nube. La nube sobre la ciudad, con su perfecta forma redonda, sobre su casa, sus amigos. ¿Sus amigos? apenas los conocía. Desde que su hermano se había ido no confiaba en nadie. Varias veces había caído desmayada en la calle y se había levantado en su casa ¿Por qué se había olvidado?.  Juan Manuel le había pedido que si le quería devolver el favor que podía devolverle con su carne, ella lo había olvidado. ¿Qué hacía Juan Manuel? Nunca lo había visto trabajar ni nada, y su casa tenía cosas muy modernas. ¿Por qué podía guardar carne? ¿De donde la sacaba? ¿Y los comercios? No todos vivían en la residencia. El aire estaba frío, pero sentía que le llenaba los pulmones, se había olvidado de ello. Sintió la misma mano en su hombro una vez más.

– Lo denuncié. Yo lo denuncié. – empezó a decir, mientras sollozaba – yo le tenía miedo y el me pedía por favor que no. Sus hijos lo abrazaban y yo lo hice sin que supiera, le dije que había sido otra persona – se detuvo por el llanto. La mano en su hombro seguía ahí. – No puede ser, no tenía los ojos rojos, no se puso violento y se lo llevaron mientras lloraba, mis sobrinos también lloraban y lo corrieron a buscar, metiéndose en la protesta de los que denunciaban. No puede ser. – siguió Lucía, teniendo que detenerse por las lágrimas – nunca más vi sus cuerpos, se los llevaron junto con los que protestaban, yo hice eso, yo hice eso.
– Todos los hicimos – contestó Nahuel, sosteniéndola mientras lloraba.

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s