Anabel 13.

Si le agarra un ataque de nuevo será un ataque a corazón. La triste fascinación carnívora del reciente depredador máximo (aquel apodado Apolo por sus congéneres) sigue destruyendo por dentro aquel puente que solía unir el pasado y el presente, que era una ventana hacia un futuro distante y si digo distante es simplemente porque aquello que podría ser ya podría ser menos de lo que se supuso. Ese futuro se vive como real, como propicio, como preciso y no podría ser de otra manera, supongo. No podría ser de otra manera porque cuando se vive en un principio y se vive en un final, también se vive con las manos abiertas como el mono en el árbol, aquél escritor de frutos que sigue sin saber cuanto adelanta en lo que será, más tarde, su obra certera. Ataque al corazón, señor, ataque al corazón, señora, mis ojos grises se perci Sigue leyendo

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Anabel 11

Ya es demasiado tarde para pedirme disculpas. Cada paso que damos y nos manchamos los pantalones con barro es otro centímetro más de ese punto de partida. Lo sabes, por eso no me hablas de eso sino que seguís parloteando de la chica que viste, de la ropa que tenía, del auto que pasó y del color del pájaro que justo se paró al lado tuyo. Considero que está bien, no sigo molesto, aunque si un poco distante. Los bloques de cemento y ladrillos que comienzo a levantar están armados en un apremiante tiempo pero, lo bueno del cemento, es que se puede romper facilmente antes de que se seque. Ya es tarde, las luces amarillas nos dan la falsa sensación de calidez y tu saco de paño color marrón claro junto con tu corte carré me siguen balbuceando unas palabras que me dan una melodía muy armoniosa, aunque sigo sin escuchar. Si, si, Anabel, si a todo que digas si a todo lo que quieras, total, ya es tarde para pedirme disculpas, no las necesito. Disculpas, disculpas, ¿quien necesita de ellas? Palabras vacías de la tradición post-cristiana, confiesa tu pecado hijo, así te ganarás el cielo. Cuando te vas tan lejos te olvidas que la distancia también crece para mí pero, menos mal que volves corriendo Anabel, sino la distancia quedaría ahí y mi orgullo me impide acortarla yo, si vos la has creado. En esa distancia puedo entender el tamaño del mundo, en relación a tu corta estatura te veo a la distancia, como un muñeco de regalo en una fiesta de cumpleaños barata que seguro vos también fingiste padecer de pequeña, pero que disfrutaste como nunca. La llamada “gente vulgar” tiene elementos que jamás tendremos, esa felicidad ignorante que repiquetea cuando cada día juegan al fútbol en la canchita del fondo, sin cuestionarse ni siquiera si pueden hacer otra cosa, con el único objetivo de usar la pelota nueva del chico de más plata del barrio, que no la presta porque se la regaló la madre para su cumpleaños y es solo para usar adentro, o con su hermano, o tener en la repisa y que, de esa manera, le permite mantener su rango dentro de la manada. La pelota marrón, sintética, con cubierta de plástico transparente gomoso, bien redonda, con diseño espacial, ese trofeo de la infancia de estos niños que se transforma en motocicleta, luego auto y luego amante al entrar en edad adulta, esa alegría que ostentan con lo que está pactado, aunque no se diga, de antemano. Oh, Anabel, yo se que vos también disfrutabas y amabas revolcarte en esos escenarios cuando íbamos a esas fiestas de niños, en donde entrábamos como extraterrestres y salíamos hasta hablando diferente. Anabel, detrás de todos mis libros, detrás de todos tus sentidos, de tus ramas del árbol, de mi jugo y de tu embriaguez, detrás de Levi Strauss y de tantas otras fachadas que vestimos los has envidiado tanto como yo. Pero para envidiar a alguien, no basta con envidiar un aspecto de ellos, si envidias el canto de los pájaros, también envidias todo lo que esto conlleva, básicamente ser un pájaro. Así también, no envidio tus botas de agua, porque no envidio no ser vos. Me seguís charlando, con tu voz de contralto, acerca de tu vecina creo, o eso alcancé a oír, ahora ya mirándome, se ve que esto que me contas en verdad te interesa pero ya no puedo oírte, al menos no hasta mañana, cuando pueda dormirme y olvidarme que no me pediste disculpas.

No resistiría que me pidieras disculpas si yo te lo pido, no quiero, no lo quiero, no me interesa. Que dobles tus labios, que pronuncies la palabra, que te sientas aterrada, atacada, olvidadiza, no me interesa por eso no te digo nada. No me interesa verte desnuda tampoco, no hoy, ni el agua, ni el barro ni los cumpleaños, pedime disculpas. Vamos a llegar, vamos a dormir, voy a despertarme en medio de la noche porque no se detiene la circunferencia de ideas y pensamientos que me van a atosigar, voy a ir a tomar jugo, volver y ver tu botella de wisky en el mueble rosa de la cocina, sentarme en la cama y convencerme de que yo estaba equivocado, pedime disculpas Anabel. Pedime disculpas de una vez, dejá de parlotear, no se que vestido te podés poner, ni que decir, ni como disfrazar a tus sobrinos que viven en otro país, porque viven en otro país, no me interesa y me interesa que me mires y no sepas cuanto me haces arder pedime disculpas aunque sea tarde y aunque diga que no me interesa, mis dientes apretados y el gusto a mierda que comienza a elevarse a mi nariz deberían ser suficiente, pedime, disculpas.
Ya es demasiado tarde Anabel, tu palabrerío me aturde, tu ropa me aturde, tus dientes, el chasquear de tus dedos cuando te olvidaste una palabra, tu lengua mojándose los labios para seguir hablando me aturde, callate. No hay tiempo. Para pedirme disculpas ya. Además, más que seguro que te olvidaste, que no supiste lo grave del asunto, que lo que me nombrabas de tu compañero de balet y de las cosas que hicieron que al final no me dijiste no sabias que era una flecha en mi rodilla, que me importa como era el, disculpate. Sigo caminando con vos, ¿por qué? Anabel, contestáme, dejá de reiterar que tu vecina tiene un loro que habla mucho y pedime disculpas. Ya ni se, creo que apenas pueda te tiro el wisky. Ya ni se, no se ni quiero saber. Tengo mis manos apretadas dentro del saco y los zapatos mojados, odio la lluvia y su necesidad de meterse y caminar con cualquier transeúnte, burdel acuoso. El calor interno, el frío del viento y esa contradicción al caminar de temperaturas me está volviendo loco, en la esquina ya van a haber pasado tres cuadras desde que lo mencionaste y ni él ni su ropa me interesan, ni como bailaba ni con quien está ahora. En esa esquina, doblamos a la izquierda, por la gran avenida y me parece que me voy a detener a mirar la veterinaria cerrada, esos vidrios parecen espejos luego de la gran lavada de la tormenta. Mirá que lindos perritos dormidos, seguro tienen frío. Está caliente tu brazo alrededor del mío, y tu cabeza en mi hombro también, que bueno que tu saco está seco. Quizás está seco porque pensaste en dejarlo adentro mientras llovía. No, no creo, esa no es tu manera, solo fue casualidad. Seguro por eso tenes el saco marrón claro seco, que bueno que tenga un forro interno, y ese cinto, te marca la cintura. Esta bien, entiendo que fue pura casualidad que hayas tenido el saco adentro y que ahora lo tengas seco gracias a eso, fue fortuito, no fue tu intención. Creo que ni vos notás que tu saco está seco, Anabel, solo notás tu pelo nuevamente negro. Es tan marrón tu saco, tan marrón y cielo. Está bien que esté seco, ya no me molesta, no tenés que explicarme porque lo está, volveme a apretar la mano. Cuanto silencio hay de noche, no lo había notado, la gente solo camina hacia atrás y en silencio, es un código común. Esta noche habría que prender velas, ver cuanto danzan, como te adentrás en el sillón y te perdés ahí dentro. Anabel está bien, ya es tarde para pedirme disculpas y ya no importa, el saco o su vestimenta, mirá como, si mirás enfocando más cerca ves tu reflejo en el vidrio, el reflejo demostrando reveldía, con curvas alocadas y una cara irreconocible, sos un gas, un líquido instantáneamente, un líquido marrón de colores mezclados sobre platito de plástico.
– Perdón. Nunca quise lastimarte.

Y ese abrazó que le dí, y mis lágrimas que mojaron tu saco, perdoname vos a mi.

 

Julio Montserrat

Anabel 10

Como era costumbre hacía unas semanas en la mitad de la semana corríamos a casa a escuchar música con el tocadiscos. Tocadiscos heredado de algún tío lejano sin recuerdos actuales. El tocadiscos pasaría a ser ya casi un centro de atención por su sonido tan suci Sigue leyendo

Anabel 9

Anabel sonreía, y el mundo perdía la calma. Todo se movía, pero ni ella entendía el porqué. Esta era una de esas tardes en que Anabel solo daba vueltas y vueltas en la cama para levantarse y terminaba pegada al techo con la espalda con miedo a tocar el suelo, fulminante camino de lava. Yo la miraba sentado, tomando uno de esos tes con rayadura de naranja, un poco amargo pero que me permitía despertarme. Anabel tenía esta mala costumbre, quien dice mala quizás solo porque si yo lo hiciera me sentiría un tonto o poco yo. Mala costumbre que venía a veces, sobre todo en las noches en las que había tenído una jornada sin hacer demasiados remaches a la mesa con su lapicera, o pensando mucho (perderse en sus mundos era su gran hobbie, aunque a veces le costaba volver con el resto de nosotros, hojas de otoño mal pisadas). E Sigue leyendo

Anabel 8

 Estamos tan bien con ellos, son como los soldados del fuerte. Son la parrilla, son la leña, son los bosques quejumbrosos en el día de los inocentes. Como cada fin de semana, salíamos los cinco a caminar por los pasajes cercanos a la cañada, buscando un hueco en donde nadie nos viera, en donde pudiéramos disfrutar de lo que somos. Jugábamos a las cartas bastante, aunque Mariano Merkal amaba el ajedrez era imposible llevar un tablero encima, sin embargo, más de una vez el señorito Merkal no había oído nuestras advertencias y lo había cargado igual. De más está decir que jugar al ajedrez al aire libre, con un tablero intolerante a las buenas costumbre, regalado de un abuelo amante del deporte, no era lo más soportable. Nos encantaba remar juntos en estos lagos cálidos, riéndonos de todo y de todos, tenemos esa vocación de antisociales, de club de poker sin dinero y alas de abeja. Un importante deporte que nos encantaba llevar adelante era mirar personas y re Sigue leyendo

Anabel 7

 Los remolinos son remolinos. Giran y no piden permiso para nada, pero a mí si me piden permiso y con la mirada los dejo pasar. La relación monolítica entre vos y yo es un remolino que dejamos pasar y dejamos que pidan permiso. Tu remolino, mi remolino, remo y Rómulo en eterna lucha de supervivencia. Si te tengo miedo es porque en realidad me tengo miedo, de ser poco, d Sigue leyendo